El País , 03/05/2020, Grupo Insud

responsabilidad empresaria

Hugo Sigman “No hay que correr a comprar medicamentos sin utilidad probada”

Entrevista a Hugo Sigman, director ejecutivo de Insud. “Científicos e industria famacéutica se sienten directamente afectados por esta crisis”, dice

 

Hugo Sigman, nacido en Buenos Aires hace 75 años, es director ejecutivo del Grupo Insud, un conglomerado de empresas que empezó en el sector farmacéutico pero que ahora se ha extendido al mundo editorial y de la producción cinematográfica (financió, junto a Pedro Almodóvar, la premiada Relatos salvajes, entre otras). Ahora vive confinado en su vivienda de la capital argentina. “Estoy con mi esposa, Silvia Gold [directora de la Fundación Mundo Sano, que el grupo Insud financia casi al 90%], y es una prueba comprobar que después de 50 años juntos nos llevamos bien”, dice en uno de los pocos momentos en que se desvía durante la entrevista de la explicación del raudal de proyectos que ha puesto en marcha para hacer frente a la pandemia de la covid-19.

Hugo Sigman “No hay que correr a comprar medicamentos sin utilidad probada”

Hugo Sigman, intenta estar presente en el mayor número de frentes posibles contra el coronavirus: tratamientos, prevención e incentivación de la vacuna.

 

Con fábricas en España –donde abrió las primeras con el nombre comercial de Chemo– , Italia, China, India y Argentina, Sigman intenta estar presente en el mayor número de frentes posibles contra el coronavirus: tratamientos, prevención e incentivación de la vacuna. “Le dedico a este asunto el 80% de mi tiempo ahora”, afirma. Se trata de un terreno económicamente complicado. Hay muchos grupos de investigación e industriales trabajando en el mismo campo, pero a él no le importa. “Si otros nos adelantan, bienvenidos”, dice, aunque Sigman ve más “la enorme colaboración que ha habido entre los grupos científicos, empezando por los propios chinos que pusieron a disposición pública el genoma del coronavirus y la información sobre su receptor celular”. “Los científicos, en general, tienen un espíritu altruista, quieren resolver los problemas que son importantes, aunque también tengan intereses económicos y piensen en la medalla científica”, dice. Pero él cree que en este caso “científicos e industria se sienten directamente afectados por esta crisis y eso aumenta su altruismo”. “Este virus no entiende de clases sociales ni de fronteras; a todos nos puede tocar”.

No es la primera vez que Sigman se mueve empujado por crisis sanitarias. Por ejemplo, ante una epidemia de Chagas en Latinoamérica en 2015, y de la mano de Mundo Sano, estableció pautas de tratamiento y, además, fabricó el medicamento correspondiente, donando gran parte de su producción. Y es que, dice, cuando sucede algo así “uno no se puede quedar al margen y tiene que ayudar”.

Ahora se encuentra en la misma situación. Por un lado, y ante la posibilidad de que los estudios sobre la hidroxicloroquina (un antipalúdico que también se usa en algunas enfermedades reumáticas) den resultados positivos, ha movilizado sus centros de I+D para que se preparen para producir el medicamento. “Hace ya 25 años que en Alcalá [de Henares, Madrid] fabricábamos amodiaquina, otro tratamiento contra la malaria”, afirma, lo que les da un conocimiento previo que pueden aprovechar. Incluso antes de que se haya comprobado su utilidad, “la demanda mundial es de entre 6 y 7 veces de la que era antes, y muchos Gobiernos temen que la cantidad que se produce, prácticamente toda en China e India, no sea suficiente”, dice Sigman, quien expone que si antes de la crisis del coronavirus un kilo de este producto costaba 120 dólares (unos 110 euros), “ahora puede costar 700, 1.000 e incluso 1.200” (de 640 a 1.100 euros).

 

Sus plantas ahora están desarrollando los pasos para la síntesis de la molécula, pero Sigman calcula que “en dos o tres meses se podrían tener los primeros 100 kilos. Y pro bono [gratis]”, insiste, “vamos a ofrecer 200 kilos de producto terminado”. Teniendo en cuenta que las pastillas actuales son de 200 miligramos, y que los tratamientos que se están ensayando son de 12 comprimidos (2,4 gramos), esto se traduce en unos 83.000 tratamientos, hace rápido el cálculo de cabeza el empresario.

Aparte de la producción de estos tratamientos, el grupo de Sigman también quiere aprovechar la experiencia que tiene en fabricar plasma con propiedades antibióticas a partir del de caballos expuestos a virus inactivados, algo similar a como produjeron otro para la llamada enfermedad de la carne, una infección por una bacteria, la Escherichia coli, “la misma que hubo en Alemania [en 2011] y que al principio se achacó a los pepinos españoles y luego resultó que se debía a unos brotes de soja”, explica.

Pero donde a Sigman se le nota –aún más– el entusiasmo es cuando habla de un abordaje que él asimila “a la PrEP [profilaxis preexposición], el tratamiento preventivo del VIH”. Se trata de un ensayo con ivermectina. Este producto “fue tan novedoso que mereció un Nobel y tiene un uso veterinario frecuente como antiparasitario”, dice, pero “en Australia se ha visto in vitro [en un cultivo celular, no en un ser vivo] que a dosis muy altas inhibe la replicación viral porque impide la entrada del material genético del coronavirus al núcleo de la célula”. De esta manera el patógeno no puede reproducirse, porque necesita de la maquinaria de su anfitrión para hacerlo, explica. En este caso, su grupo tiene una ventaja: “Tenemos mucha experiencia en su uso y somos los únicos que tenemos ya estudios de seguridad en humanos a dosis altas”. Con ello se evitan un paso en los ensayos. Ello se debe a que el medicamento se ha probado y utilizado para tratar enfermedades parasitarias como la llamada ceguera de río en África.

Su idea es que “si es cierto que la ivermectina inhibe la replicación viral, y se da a alguien que acaba de infectarse, no va a enfermar, porque el virus va a desaparecer. Y se puede usar como preventivo” de manera que cuando se produzca el contagio el coronavirus se encuentre con el medicamento ya en organismo del afectado, con lo que no le daría ocasión a instalarse y provocar una infección.

No se puede hablar de una infección vírica sin mencionar la vacuna. La relación de Sigman con esta es más indirecta. Junto a un grupo de empresarios ha creado un fondo para ayudar a científicos jóvenes y, dentro de sus financiados, hay tres que trabajan en este campo. De todas formas, él cree que esa diversificación que hace de sus esfuerzos es la lógica. “Este virus no es como el del SARS [2003], el H5N1 [2005], o el coronavirus de Arabia [2014]; este ha venido a quedarse, como ha hecho el de la gripe A [2009]”, dice, “y todo esto será necesario: la vacuna, el tratamiento y, si lo conseguimos, la prevención. De la vacuna hay 100 ensayos en el mundo, pero si apareciera algo que al tomarlo preventivamente inhibiera la infección o hiciera que no fuera grave también sería un recurso terapéutico importante”.

“En cualquier caso hay que ir con mucho entusiasmo, pero también con mucha precaución. No hay que correr a comprar tratamientos que no tienen ninguna utilidad demostrada”, dice. Y añade otro factor: “Es importante contar con buenos sistemas diagnósticos, porque una de las causas por las que el coronavirus se ha desbocado es que cuando empezó no se percibió que había mucha gente que era infectada pero asintomática, y eso hizo que se extendiera la enfermedad”.

LA SUERTE DE ARGENTINA

Después de 40 días de confinamiento (la entrevista se hizo por teléfono el 9 de abril), Hugo Sigman suena tranquilo cuando se refiere al encierro. “Argentina tuvo suerte porque el coronavirus le llegó después”, dice. “Se tomaron medidas cuando la enfermedad estaba empezando”. No es que las autoridades decretaran algo novedoso; simplemente, hicieron lo que otros países, pero antes. “Se comenzó con el cierre de fronteras rápidamente, y casi desde el principio se suspendieron las actividades educativas. Luego se enviaron a los empleados públicos a casa, y, por último, llegó la cuarentena”, explica el director ejecutivo del grupo multinacional Insud. “Eso permitió aplanar la curva”, añade. Se trata de reducir el daño, también el económico en “un país que ya tenía una situación muy complicada”, dice. Porque sobre a evolución sanitaria no tiene dudas: a mayor o menor velocidd, “al final todos pasaremos por el SARS-Cov-2”