Diario de la Salud , 22-12-2016,

ciencia

La vida secreta de la mente

Desde su nuevo libro “La vida secreta de la mente”, Mariano Sigman, nos sumerge en el mundo de las neurociencias. Cómo actúa nuestro cerebro cuando decidimos, sentimos y pensamos.

Por Mariano Sigman, Neurocientífico, Lic. en Física.
En la vida cotidiana y en el derecho formal juzgamos las acciones ajenas no tanto por sus consecuencias como por los condicionantes y las motivaciones. Aunque la consecuencia sea la misma, es moralmente muy distinto lesionar a un rival en el campo de juego por una acción involuntaria y desafortunada que por un acto premeditado. Por lo tanto, para poder decidir si otra persona obró bien o mal, no basta con observar sus acciones. Hay que ponerse en su lugar y ver la trama desde la perspectiva del otro. Es decir, hay que ejercitar lo que se conoce como la teoría de la muerte. UN EJEMPLO CLARIFICADOR
Consideremos dos situaciones ficticias. Pedro toma un pote de azúcar y sirve una cucharada en el té de un amigo. Antes, alguien había cambiado el azúcar por un veneno del mismo color y la misma consistencia. Pedro, por supuesto, no lo sabía. El amigo toma el té y muere. Las consecuencias de la acción de Pedro son trágicas. Pero, ¿está mal lo que hizo? ¿Es culpable? Casi todos pensaríamos que no. Para esto nos colocamos en su perspectiva, reconocemos lo que conoce y desconoce, veremos que no tuvo ninguna intención de herir, ni siquiera cometió una forma de negligencia. Pedro es un buen tipo.
Mismo frasco, mismo lugar. El que toma el frasco es Carlos y reemplaza el azúcar por veneno porque quiere matar a su amigo. Sirve el veneno en el té pero este no hace ningún efecto, y el amigo se va vivito y coleando. En este caso, las consecuencias de la acción de Carlos son inocuas. Sin embargo, casi todos creemos que Carlos obró mal, que su acción es condenable. Carlos es un mal tipo.
La teoría de la muerte es resultado de la articulación de una compleja red cerebral, con un nodo de particular importancia en la juntura temporoparietal derecha (un nombre con pocas sutilezas, se encuentra en el hemisferio derecho, justo entre la corteza temporal y la parietal). Pero la localización en sí es lo menos interesante. No importa tanto la geografía cerebral sino el hecho de que la localización de una función en el cerebro puede ser una ventana para observar las relaciones causales de este mecanismo. QUÉ OCURRE EN EL CEREBRO
Si silenciaran temporariamente nuestra juntura temporopareital derecha, ya no consideraríamos las intenciones de Pedro y de Carlos para juzgar sus acciones. Si no funcionara apropiadamente esta región cerebral, consideraríamos que Pedro obró mal (porque mató al amigo) y que Carlos obró bien (porque su amigo está en perfecto estado de salud). No nos importaría que Pedro ignorase lo que contenía el frasco y que Carlos solo hubiera fallado en la implementación de un plan macabro. Estas consideraciones requieren de una función precisa, la teoría de la mente, y sin ella perdemos la capacidad mental de separar las consecuencias de una acción de su entramado de intenciones, conocimientos y motivaciones.
Este ejemplo es una prueba de concepto que va más allá de la teoría de la muerte, la moral y el juicio. Indica que nuestra maquinaria de toma de decisiones está compuesta por un conjunto de piezas que establecen funciones particulares. Y cuando el sostén biológico de estas funciones se desarma, nuestra manera de creer, opinar y juzgar cambia radicalmente. LA BATALLA QUE NOS CONSTRUYE
Los dilemas morales sirven como exageraciones para reflexionar en carne propia sobre cómo cimentamos la moral. El más famoso de ellos, `El tranvía de San Francisco`, dice así:
Estás en un tranvía que avanza sin freno por una vía donde hay cinco personas. Conocés cada uno de los recovecos y sabés fehacientemente que no hay manera de detenerlo y que va a atrepellar a las cinco personas. Hay una única alternativa. Podés girar el volante y tomar otra vía donde hay una única persona que morirá.
¿Girarías el volante? En Brasil, Tailandia, Noruega, Canadá o la Argentina, grandes y chicos, progresistas y reaccionarios, casi todos eligen girarlo. Se trata de un cálculo razonable y utilitario. La cuenta parece simple: ¿cinco muertos o uno? Sin embargo, hay una minoría que consistentemente elige no girar el volante.
El dilema consiste en hacer algo que provocará la muerte de una persona o no hacer nada para evitar que mueran las otras cinco. Algunos nos podrían razonar que el destino ya había marcado un rumbo y que uno no es nadie para jugar el juego de dios y decidir quién muere y quién no. Ni siquiera con la matemática a favor. Es una política de no intervención en la que no tenemos derecho a obrar o intervenir para que muera una persona que andaba tranquila por una vía donde no sucedía nada.
Todos juzgamos de manera distinta la responsabilidad por la acción o la inacción. Es una intuición moral universal que se expresa en casi todos los sistemas del derecho. Ahora, otra versión del dilema:
Estás en un puente desde donde ves un tranvía que avanza sin freno por una vía donde hay cinco personas. Conocés cada uno de sus recovecos y sabés fehacientemente que no hay manera de detenerlo y que va a atrepellar a las cinco personas. Hay una única alternativa. En el puente hay una persona muy voluminosa. Está sentada contra la baranda contemplando la escena. Sabés con toda certeza que si lo empujás va a morir pero también va a hacer que el tranvía descarrile y se salven las cinco personas.
¿Lo empujarías? En este caso, casi todo el mundo elige no hacerlo. Y la diferencia se percibe de manera clara y visceral, como si fuese el cuerpo que habla y decide. Uno no tiene derecho a empujar a alguien deliberadamente para salvar a otra persona de la muerte. De hecho, nuestro sistema penal y social (el formal y la condena de nuestros pares) no consideraría igual uno y otro caso. Pero abstraigamos de este factor. Imaginemos también que estamos solos, que el único juicio posible es el de nuestra propia conciencia. ¿Quién empuja a la persona desde el puente y quién gira el volante? Los resultados son conclusivos y universales; aún en plena soledad, sin miradas externas, casi todos giraríamos el volante y casi nadie empujaría al grandote.
En algún sentido, ambos dilemas son equivalentes. La reflexión no es fácil porque requiere ir contra las intuiciones del cuerpo. Pero desde un punto de vista puramente utilitario, desde las motivaciones y consecuencias de nuestros actos, los dilemas son idénticos. Elegimos actuar para salvar a cinco a costa de uno. O elegimos que la historia siga su curso porque nos sentimos sin derecho moral a intervenir para condenar a alguien a quien no le correspondería morir.
Estos dilemas solo sirven para conocernos mejor. Son espejos que reflejan nuestras razones y nuestros demonios, eventualmente, para disponer de ellas a voluntad y que no gobiernen silenciosamente nuestros actos. ESTOS DILEMAS SOLO SIRVEN PARA CONOCERNOS MEJOR. SON ESPEJOS QUE REFLEJAN NUESTRAS RAZONES Y NUESTROS DEMONIOS, EVENTUALMENTE, PARA DISPONER DE ELLAS A VOLUNTAD Y QUE NO GOBIERNEN SILENCIOSAMENTE NUESTROS ACTOS.